Cada temporada de lluvias se repite la misma escena: una ladera que se abre, casas sepultadas, carreteras cortadas y familias buscando entre el lodo. La pregunta ya no es si el fenómeno existe —siempre ha existido—, sino si está ocurriendo con más frecuencia y por qué. La evidencia más reciente apunta a que **sí hay más deslaves mortales**, y que la causa no es una sola: es la suma de lluvias más intensas, laderas más débiles por la mano humana y más gente viviendo justo donde el terreno puede fallar.
Un deslizamiento corta una ladera urbanizada en Petrópolis, Brasil. Escenas similares se han vuelto más comunes en montañas tropicales cuando lluvias extremas caen sobre pendientes ya alteradas.
## Lo que dicen los números
Los deslaves no se contabilizan con la misma precisión que los huracanes o las olas de calor. Muchos eventos pequeños no se reportan. Aun así, las bases de datos de deslizamientos **mortales** —los que sí dejan rastro en prensa y autoridades— muestran una tendencia al alza.
El geólogo Dave Petley, que lleva desde 2004 un inventario global de deslizamientos fatales, registró en **2024 el año con más eventos de su serie**: 766 deslizamientos mortales (sin contar los causados por terremotos) y 4.933 muertes. En **2025** contabilizó 663 eventos y **5.091 muertes**. Ambos años quedaron muy por encima del promedio de 2004-2016. Petley ha vinculado el pico de 2024, el año más cálido hasta entonces, con lluvias extremas impulsadas por una atmósfera más caliente.
Un análisis publicado en 2025 en *Earth Systems and Environment* encuentra un aumento de desastres por deslizamientos en los últimos 60 años, más marcado que el de desastres sísmicos. Otros trabajos señalan que, en medio siglo, los desastres por deslizamientos se volvieron **hasta diez veces más frecuentes**.
Hay matices. Parte del aumento se debe a que hay más población, más medios y mejor registro. Algunas bases históricas muestran cierta estabilización en las últimas dos o tres décadas. Pero el consenso entre especialistas es que **el riesgo está creciendo**, sobre todo donde coinciden montañas, lluvias torrenciales y ocupación humana.
## El detonante climático: más agua, de golpe
El mecanismo físico es directo. Por cada grado Celsius de calentamiento, la atmósfera puede retener alrededor de un **7% más de vapor de agua**. Esa “esponja” más grande no reparte la lluvia de forma uniforme: la concentra en eventos más cortos e intensos.
El IPCC concluye, con alto nivel de confianza, que la frecuencia e intensidad de las precipitaciones extremas han aumentado desde los años 50 en la mayoría de las tierras con buenos datos, y que la influencia humana es el principal motor de esa intensificación a escala global.
Eso importa porque la lluvia es el principal disparador de deslaves. El agua satura el suelo, sube la presión de poros y reduce la resistencia al corte. Cuando cae en pocas horas lo que antes caía en días, una ladera que “aguantaba” puede colapsar.
Se suma el llamado **latigazo hidroclimático**: sequías e incendios que secan y queman la vegetación, seguidos de temporales que golpean un suelo desnudo. En California, ríos atmosféricos sobre terrenos quemados han disparado cientos de flujos de lodo. El mismo patrón —sequía, fuego, lluvia extrema— se observa cada vez más en el Mediterráneo, Australia y partes de América Latina.
En alta montaña el calentamiento actúa de otra forma. El retroceso de glaciares y el deshielo del permafrost desestabilizan laderas que llevaban siglos “pegadas” por el hielo. En el este del Himalaya, un inventario de más de 8.600 deslizamientos (1987-2020) halló un **aumento de cinco veces en el volumen anual de deslizamientos por encima de los 3.000 metros**. Las fallas migran ladera arriba, detrás del hielo que se retira, y más precipitación cae como lluvia en vez de nieve.
El IPCC advierte, con confianza media a alta, que la precipitación extrema aumentará en grandes sistemas montañosos, con posibles cascadas de inundaciones, deslizamientos y desbordes de lagos glaciares.
## El factor que más mata: cómo usamos la montaña
Si el clima enciende la mecha, el uso del suelo prepara la pólvora.
Un estudio de 2026 en *Science Advances*, que cubre décadas de cambio en montañas de 46 países, concluye que **los cambios de uso y cobertura del suelo influyen más en la densidad de deslizamientos mortales que la topografía o la precipitación**, sobre todo en países de ingresos bajos y medio-bajos. La mayoría de las muertes no ocurren en laderas “vírgenes”, sino en montañas ya transformadas por carreteras, cultivos, minas y asentamientos.
Las razones son concretas:
- **Deforestación.** Las raíces atan el suelo y las copas frenan el golpe de la lluvia. Sin bosque, el agua escurre más rápido, erosiona y satura. En México, casos como los deslaves de la Sierra Norte de Puebla (1999) o el cerro del Chiquihuite en el Estado de México (2021) se han vinculado a tala, agricultura en pendiente y urbanización de laderas.
- **Asentamientos informales.** En muchas ciudades de los trópicos, la gente pobre se instala en cerros porque el valle ya está ocupado o es más caro. Cortes de talud, drenajes improvisados y peso de las viviendas aumentan la probabilidad de falla. Modelos en Freetown (Sierra Leona) estimaron que un deslizamiento es unas **cinco veces más probable** en una ladera construida de forma informal que en una natural, y que el cambio climático añade otro 50% de riesgo.
- **Infraestructura y minería.** Cortes de carretera, rellenos mal compactados y desmonte minero crean planos de debilidad. Tras lluvias, esos puntos fallan primero.
En Colombia y Venezuela, un análisis de World Weather Attribution sobre las lluvias y deslizamientos de 2025 señaló que la urbanización rápida, la deforestación, la minería y el sobrepastoreo habían reducido la capacidad del terreno para absorber agua. Las raíces que ya no sujetan el suelo no son un detalle menor: son parte del desastre.
Imagen satelital de un paisaje montañoso con fuerte pérdida de cobertura vegetal. Donde el bosque desaparece, la lluvia deja de infiltrarse y empieza a arrastrar.
## América Latina: la combinación más peligrosa
La región reúne las tres condiciones: relieve joven y empinado (Sierra Madre, Eje Neovolcánico, Andes, tierras altas de Centroamérica), lluvias tropicales cada vez más concentradas, y expansión urbana y agropecuaria sobre laderas.
En octubre de 2025, una combinación de sistemas tropicales dejó lluvias récord en Hidalgo, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí y Veracruz: inundaciones, desbordes y deslaves, con decenas de muertos. No fue “una tormenta más”: el centro del país quedó atrapado entre humedad del Golfo y del Pacífico sobre suelos ya saturados.
Brasil ha vivido tragedias recurrentes en Petrópolis y el litoral de São Paulo. En los Andes, los *huaicos* y flujos de detritos se alimentan de cuencas deforestadas y de glaciares que retroceden. En Centroamérica, huracanes y temporales sobre el Corredor Seco —primero reseco, luego golpeado por lluvia extrema— convierten laderas agrícolas en ríos de lodo.
Un dato incómodo: no hace falta que “llueva más en el año”. Basta con que llueva **más fuerte en menos tiempo** sobre un cerro al que le quitaron el bosque y le pusieron casas.
Un flujo de lodo recorre un valle andino en Perú. En la cordillera, el deshielo, las lluvias intensas y la ocupación de cauces se combinan en desastres en cadena.
## ¿El clima o el ser humano?
La respuesta honesta es: **los dos, y se refuerzan**.
El cambio climático aumenta la probabilidad de lluvias capaces de disparar un deslave. El cambio de uso del suelo aumenta la probabilidad de que, cuando esa lluvia caiga, la ladera falle y haya gente debajo. Un estudio global estima que, solo por el aumento de lluvias extremas, la frecuencia anual de deslizamientos desencadenados por precipitación podría subir del orden del **7% a mediados de siglo y del 10% hacia finales**, con incrementos mayores en Asia y África, y hotspots en los Andes, las montañas del sudeste asiático y el Himalaya.
Eso es el detonante. El daño lo decide quién vive ahí y cómo está el terreno.
Por eso dos laderas con la misma lluvia no se comportan igual: una con bosque maduro, drenaje y sin casas en la base puede aguantar; otra deforestada, cortada por una carretera y llena de viviendas precarias, no.
## Qué sí se puede hacer
No hay una solución mágica, pero sí medidas con evidencia:
1. **Dejar de construir en las laderas de mayor amenaza.** Mapas de susceptibilidad existen en muchos países; el problema suele ser hacerlos cumplir.
2. **Restaurar cobertura vegetal y manejar el agua.** Reforestar no es plantar cualquier árbol en cualquier lado: se necesitan especies con raíces profundas, y obras de drenaje que eviten que el agua se concentre.
3. **Sistemas de alerta por lluvia umbral.** En varias regiones ya se sabe cuántos milímetros en cuántas horas disparan deslizamientos. Avisar a tiempo salva más vidas que reconstruir después.
4. **Atender el “después del incendio”.** Un cerro quemado es un deslave en espera de la siguiente tormenta.
5. **Reducir emisiones.** Cada fracción de grado extra agranda la esponja atmosférica. Mitigar el calentamiento no elimina los deslaves, pero sí recorta la cola de los eventos más extremos.
## Conclusión
Sí: hay más deslaves mortales ahora que en las décadas anteriores de las que tenemos buen registro. No es una ilusión mediática. El clima más cálido está entregando lluvias más concentradas y está descongelando montañas altas. Al mismo tiempo, hemos desmontado, urbanizado y cortado las laderas justo donde esa agua extra hace más daño.
Culpar solo a “la naturaleza” es incompleto. Culpar solo al clima también. El deslave contemporáneo es un desastre híbrido: un fenómeno geológico disparado por un clima alterado sobre un paisaje que ya no es el de hace cincuenta años.
Mientras las laderas sigan perdiendo raíces y ganando casas, cada temporal intenso tendrá más material que mover y más víctimas que encontrar.
